P.-
Por tercer año consecutivo publicas una novela con M.A.R Editor. En este caso
se trata de una novela que se publicó por primera vez hace 26 años. ¿Por qué
esta mirada a las obras anteriores?
R.-
La velocidad a la que se suceden
las novedades editoriales me produce vértigo y bastante frustración. Y lo digo
desde el punto de vista del escritor. Me gusta, a veces, echar la vista atrás y
volver sobre obras que publiqué hace años y que en su momento fueron
importantes para mí, pero que quedaron enterradas en la memoria bajo el peso de
mis novelas posteriores. Es como mirar el álbum fotográfico familiar y
reconocer momentos y lugares en los que uno fue feliz. En ese caso, al mirar
atrás, he tenido la sensación de que esta novela tenía algo de anticipativo
sobre los cambios sociales y de costumbres que nos venían con la entrada del
nuevo siglo.
P.-
La ubicación temporal: no hay referencias del tiempo que se desarrolla. En
algunos momentos tenemos la sensación de estar leyendo una novela situada en
los años 60 o 70 del siglo pasado, y en otros podría estar en los albores del
siglo XXI.
R.-
Exacto. No se puede decir que sea una novela atemporal, pero sí es cierto que
no se ofrecen datos concretos. Sin embargo hay detalles que pueden ubicarnos en
una época más cercana al siglo XXI que al XX. En realidad, aunque no se dice,
la acción se desarrolla a mitad de los años 90. Y la dificultad para ubicarla
sin referencias es que en ese final de siglo se vivió en algunas zonas rurales
un extraño proceso evolutivo: por una parte seguían vigentes las viejas y a
veces rancias costumbres y tradiciones heredadas a lo largo de décadas, o
incluso siglos, y por otra parte había una generación que luchaba por entrar en
la modernidad. Esa convivencia fue lo que me llamó la atención, y sin saberlo
en ese momento resultó una historia en donde se anticipaban fenómenos que aún
no se habían desarrollado.
P.-
La primera edición (2000) fue presentada como novela negra, pero cuesta
encasillarla en el género. Parece una mezcla de novela negra, novela social,
sátira. ¿Cómo la definirías?
R.-
Aunque no me gustan mucho las etiquetas, quizá en este caso podría servir para
entender cosas que se intuyen en la novela, pero que pueden llegar a
desconcertar a un lector crítico. Efectivamente, la novela ganó en 1999 el
Premio de Novela Negra Rodrigo Rubio y fue publicada con esa etiqueta. Yo soy
lector de novela negra, pero nunca había entrado en el género, excepto algún
relato corto. Lo que hice fue utilizar los elementos de la novela negra
clásica, desmenuzarlos y llevarlos a un pequeño pueblo de León, en un entorno
rural y muy reducido en el que nunca ocurre nada, para hacer un retrato social
que supera el propino género negro. Era como utilizar la técnica de la pintura
impresionista para pintar un bodegón. En este caso los escenarios cosmopolitas
del género clásico se hicieron rurales, el antihéroe que a veces es el narrador
se convierte aquí en una historia coral contada desde distintos personajes. La femme
fatale es aquí una maestra joven, que pone patas arriba la convivencia de
los hombres del pueblo, anclados en la mayoría en una rancia tradición de
supremacía que es aceptada por algunos. Aparecen las ruinas y miserias humanas
en contraste con la lucha de superación. El resignación frente a la esperanza
de los jóvenes de salir de ese entorno. Hay muertes misteriosas, una investigación,
un policía alcohólico y, sin embargo, también tiene partes del género satírico
y, sobre todo, influencia del Valle Inclán en ese esperpento tan nuestro. O al
menos así lo planteo yo.
El
canto del zaigú es una historia
entre el género negro, el costumbrismo, la sátira y el esperpento.
P.-
Sí, a veces parece una parodia del género negro. Y, abundando en esta cuestión,
¿se podría decir que esta novela es al género negro lo que El Quijote es
a las novelas de caballería?
R.-
Salvando las enormes distancias y subrayando que yo no soy Cervantes ni podría
serlo en varias vidas que siguiera escribiendo, es justamente así. Cervantes
reproduce los esquemas de las novelas de caballería, pero no escribe una novela
de caballería, aunque muchos la consideraron así en su tiempo. Yo utilizo la
estructura de la novela negra, pero escribo otra cosa que no sé definir. Y, sin
embargo, tiene alguno de los vicios y virtudes de ese género negro donde el
machismo, los comportamientos miserables de los personajes no pueden interpretarse
como una apología de las miserias, sino un retrato que intenta convertirse en
espejo social. A veces tenemos un gran concepto de nosotros mismos hasta que
otros nos retratan o nos colocamos delante del espejo, en este caso literario.
Esta novela hace en parte esa función de espejo social, pero deformado con los
espejos del Callejón del Gato, que tanto juego le dieron a Valle Inclán.
P.-
La novela está ambientada en un pueblo de León real, Valderas. Y se nombran
pueblos de la zona que no son invención tuya. Sin embargo, tú has dicho en
alguna parte que Valderas no es más que un escenario que te sirve para inventar
un lugar.
R.-
Sí, de nuevo utilizo la realidad para crear una ficción. Valderas es un pueblo
que ha sufrido una despoblación brutal en las últimas décadas, pero en este
caso no deja de ser un escenario para contar una historia. El pueblo de la
novela, aunque se llama igual, es más pequeño. Es verdad que los edificios, las
calles, los parajes son reales, pero no son más que decorados para una trama
ficticia. Los nombres de los personajes se corresponden con habitantes de
Valderas (Tiburcio, los Benitos, Socorrico, etcétera), pero no son solo
nombres. Son como los extras de una película, que actúan con su propio nombre,
pero representan personajes. Hay personajes como Jesucrito o Paulino Pimentel
que están sacados de otros relatos anteriores, pero también tienen nombres de
personas a las que he conocido. Y no me refiero a Jesucristo, hijo de Dios,
sino a un profesor de instituto que se llamaba así. Y su esposa se llamaba
Magdalena. La realidad a veces te pone en bandeja las historias.
P.-
¿Qué ha cambiado en los último veinticinco años en ese mundo rural que
describes?
R.-:
Muchas cosas, tanto para bien como para mal. Para empezar, la Castilla que yo
reflejo está más despoblada y olvidada que hace unos años. Los jóvenes se
diferencian mucho menos de la juventud urbana. La globalización, la tecnología
los ha igualado con los jóvenes de casi cualquier parte del país, o del mundo.
El progreso tecnológico ha supuesto una revolución para el mundo rural y un
avance en muchos sentidos. Pero la brecha de desigualdad de oportunidades ha
crecido. Algunos avances no han servido para sacar a los pobladores del olvido,
pero sí les ha facilitado la vida. Por una parte se avanza en muchos sentidos,
pero al mismo tiempo la sensación de frustración en una parte de la población
es grande.
P.-
En la novela hay una búsqueda por parte de algunas personas de atraer gente al
pueblo para revitalizar la economía con el turismo. ¿Esto es también una
anticipación de lo que iba a venir con el cambio de siglo? Me refiero a la
masificación turística.
R.-
Es posible. Pero no hacía falta ser adivino para suponer lo que iba a pasar.
España es un país turístico sin ninguna duda, pero ese turismo rural que ahora
está creciendo era casi inexistente hacer 25 o 30 años. Al menos en algunas
zonas. Yo recuerdo hace algunos años un pueblo al que llegó un japonés y los
niños salían a la calle para verlo de cerca y tocarlo. Hubo un esfuerzo por
“poner en valor” lo que cada comunidad, cada pueblo, cada rincón tenía de
particular y mostrarlo al exterior. Y en algunos casos se inventaron esos
“valores” y trataron de hacerse “únicos”. Igual que pasó con ciudades de costa,
que fueron a buscar a los turistas al extranjero, también en algunos pueblos se
buscó la forma de traerlos y hubo una competición para ver quién traía más. Por
ahí va un poco la sátira que supone esta novela.
P.-
¿Se puede decir que tu llegada a Valderas supuso una especie de revelación que
te llevó a escribir la novela?
R.-
No, más bien supuso encontrar el camino de una historia que quería contar desde
hacía tiempo pero no tenía, digamos, “los materiales” necesarios para
construirla. Yo vengo de una zona rural y conozco ese mundo desde que era un
niño. Pero la cercanía, tal vez, me impedía contar lo que tenía a mi alrededor.
Diez años antes de llegar a Valderas, un amigo me contó bajo el acueducto de
Segovia una historia que ocurrió en su pueblo, en la Sierra del Segura: el maestro
murió durante una nevada, los servicios funerarios no pudieron llegar porque se
quedó aislado el pueblo y tardaron más de una semana en abrir la carretera.
Como no podían enterrarlo sin más, subieron el cadáver del maestro al piso
superior del ayuntamiento y allí estuvo siete días, con las ventanas abiertas,
en una habitación que funcionó como cámara refrigeradora. Aquella historia me
pareció terrible e interesante a la vez. Yo quería escribir sobre aquello, pero
no encontraba el hilo para continuar la historia. Pocos años después, un editor
me contó que conoció en Toledo a unos vigilantes de la Casa del Greco que
ofrecían a algunos turistas electos y escogidos, a cambio de una módica
cantidad de dinero, la posibilidad de entrar en la alcoba del Greco y ver la
cama en que murió. La realidad era que la cama era un cabezal antiguo y varias
caja de fruta sobre las que habían puesto un tablero y una colcha antigua de la
suegra de uno de ellos. Esa imagen, de repente, prendió como un chispazo con la
imagen del maestro en el piso superior del ayuntamiento. Y en cuanto llegué a
Valderas comprendí que ya lo tenía todo para contar la historia.
Todo sobre el libro en https://www.mareditor.com/narrativa/El_canto_del_zaigu.html

















